|
Alemania, pacífica y calienteDomingo 13 de Junio del 2010
Hernán Iglesias Illa | Eclipse de Gol - hernanii.mediotiempo@gmail.com Todas sus editoriales - Mas columnistas |
Las primeras grietas en la fe del creyente mundialista se hacen visibles un domingo por la mañana, bien temprano, viendo un partido infame. ¿Qué hago yo aquí?, se pregunta el peregrino, que se ha preparado para la caminata durante cuatro años y que ahora, tres días después de arrancar el viaje, mientras mira y no puede creer la torpeza y la desgana y la confusión de argelinos y eslovenos, por primera vez cuestiona la devoción por su patrono. ¿Vale la pena tanto esfuerzo?
Este peregrino no soy yo, que sigo entusiasmado y acosquillado por el Mundial, pero esta mañana no se me ocurrían más que metáforas religiosas para explicar mi decepción por el Argelia-Eslovenia, un partido tan malo que parecía diseñado por los enemigos del futbol para demostrar que es un deporte ruin y en decadencia. Tanto los argelinos como los eslovenos deberían estar agradecidos de estar en el Mundial (los argelinos no venían desde 1986; para los eslovenos es su segunda Copa), pero parecían aterrorizados, con las piernas agarrotadas, los ceños fruncidos, errando pases de cinco metros, como si estuvieran en el circo romano jugándose la sangre contra los leones y su vida dependiera del pulgar del César. Su actitud era mala, pero su aptitud era peor, una cosa es ser miedoso y conservador (los equipos pequeños a veces tienen derecho a serlo), pero ser miedoso, conservador y, además, tan bestia, es algo más difícil de perdonar. Es todavía el primer partido y seguramente aquel famoso (y abusado) "miedo escénico" de Jorge Valdano todavía juega un papel relevante en la parálisis creativa de algunos equipos; pero tanto los argelinos como los eslovenos tendrán que mejorar rápido, no tanto para pasar de ronda (los eslovenos, insólitamente, son por el momento líderes de su grupo) sino para salvar el honor estético del torneo, al que no le hicieron ningún favor esta mañana.
Serbia y Ghana hicieron un poco más, pero no mucho más. Corrieron y se fajaron durante 80 minutos casi sin descanso, intercambiando empujones, un poco de entusiasmo y algún malabarismo como si realmente quisieran ganar el partido. En los últimos diez, Ghana metió su gol de penal y ahí se terminó la intensidad, como si se hubiera abierto una válvula de escape, los futboleros nos pusimos a pensar en Kevin-Prince Boateng, el contención ghanés, y dijimos "Ajá, éste juega bien" y nos pusimos a pensar en Dejan Stankovic, el contención serbio, y nos preguntamos: "¿No se suponía que éstos eran bastante buenos?".
El que realmente parece bueno es Musit Oezil (u Özil, si uno encuentra la tecla para la diéresis), el ocho de Alemania, un pibito de 21 años y ojos saltones que el año pasado eligió jugar para el país donde había nacido y no para Turquía, el país donde nacieron sus padres. Özil es flaquito y un poco enclenque, pero siempre sabe qué hacer con la pelota y parecer tener un don especial para los pases al vacío, como en el primer gol de Alemania: enganchó dos veces y se quedó quieto, irritando a su marcador australiano, y después soltó un pase filoso en diagonal para Müller, que apareció solo por el área y cuyo centro hundió Podolski en la red. Me gustaría mucho que Özil fuera una de las figuras del Mundial, tiene talento natural, tiene inteligencia y tiene, sobre todo, un aire de rebeldía y singularidad que le dan la confianza para jugar como él sabe y como él quiere, siguiendo las directrices de su entrenador pero reservándose un poquito de autonomía para hacer, en el momento preciso, lo que él cree que debe hacer. Cuando uno es un jugador promedio, ser obediente es una cualidad recomendable; pero si uno es mejor que el promedio, o como Özil, mucho mejor que el promedio, entonces tiene que ser un poco desobediente, porque las reglas sobre qué es aconsejable y qué es desaconsejable en el futbol se modifican todo el tiempo, y quienes las modifican son, precisamente, los jugadores distintos a los demás.
Alrededor de Özil, Alemania jugó muy bien, y ha sido con diferencia el mejor equipo de estos tres días que llevamos de campeonato. Alemania fue sólida y punzante pero también amable y lujosa, dos atributos que históricamente no había tenido y que esta generación de jugadores, asomada en 2006 y confirmada ahora, está ayudando a consolidar. Hasta hace ocho años, Alemania era un equipo de tanques militares que no enamoraba a nadie pero no perdía nunca. Ahora se ha permitido una revolución tecnológica y étnica (además de Özil, tres de los cuatro goles de ayer los convirtieron jugadores nacidos fuera del país) que le ha dado juventud y le ha dado valores del siglo XXI: multiculturalidad, velocidad, flexibilidad. (En el siglo pasado, sus valores tenían más que ver con el poder, la solidez y la industria.) Ya no es un equipo de guerra fría, esta Alemania es pacífica y caliente.
Lejos de Alemania y de Sudáfrica, San Martín de Brooklyn tuvo un buen partido ayer en la liga amateur de Greenpoint, en Nueva York, donde juego los sábados de verano con una camiseta celeste y el número 11 en la espalda. Empatamos 2-2 contra un equipo de españoles y gringos mejores nosotros pero con mucho menos corazón, cuando faltaban cinco minutos para el final, tiramos una pelota al área y nos enfurruñamos en los rebotes hasta que uno de los nuestros sacó una pierna y metió el gol. A pesar del buen resultado final, fue raro para mí jugar en una cancha real después de seis horas de futbol virtual. Acostumbrado a la perspectiva de la TV, recibía la pelota y no veía nada, nublado por las luces eléctricas (jugamos de noche) y la confusión entre realidad y ficción (¿el futbol amateur es la realidad y el profesional es el de ficción? ¿O al revés?). Veía a Leo Messi agitando la mano, pidiéndomela al hueco y yo se la pasaba, pero después descubría que en su lugar había un lánguido lateral español, con barba rala en la barbilla y una vieja casaca del Bayern Münich; veía a Landon Donovan con el balón y yo se lo pedía, pero cuando afinaba la vista y prestaba atención a la dramática música de fondo, sólo veía a un juez de línea con bigotito que me miraba asombrado como si (yo) estuviera loco. Pedí el cambio después del primer tiempo, preocupado por mi futuro futbolístico para las próximas semanas (el sábado que viene tenemos otro partido) y, sobre todo, por haberme dado cuenta del daño que tanto futbol me está produciendo: ya no sé dónde termina mi vida ni dónde empieza el Mundial.