higlesias

Cisnes negros para México

Domingo 27 de Junio del 2010



Por primera vez en lo que va del Mundial, esta tarde vi un partido de Argentina en mi casa acompañado por otro ser humano. Me llamó un amigo más temprano, me preguntó si podía venir a ver el Argentina-México y yo le respondí que sí, pero le advertí que soy una persona bastante peculiar para ver futbol, porque me gusta concentrarme mucho y absorber el partido casi como si pudiera hundirme en: tengo baja tolerancia, le dije a las distracciones irrelevantes o, mucho peor, las bromas sin sentido. Mi amigo aceptó mis reglas de ermitaño y una hora después ya estaba sentado en el suelo de madera, con las piernas cruzadas y vestido con una camiseta celeste y blanca. Empezó a gritarle al televisor en el minuto 3 del partido, como si no me hubiera entendido o hubiera decidido ignorarme. Así estuvo dos horas: "¡Éste es el peor partido de Argentina en muchísimo tiempo!", "¡Pero qué hacen! ¡Dejen de perder la pelota así!", "¡Cómo puede ser que no juegue Verón!" El partido ya estaba 2-0 ó 3-0 pero mi amigo, reflejando las extrañas relaciones que tenemos los argentinos con el éxito y el fracaso, insultaba como si su equipo, en lugar de estar clasificándose con mucha suerte y poco dolor a los Cuartos de Final de una Copa del Mundo, estuviera a punto de ser eliminado en primera ronda por Japón o Eslovenia.

Creo que sólo los brasileños, además de los argentinos, vuelven del frente de batalla futbolístico con un 3-1 a favor y reportan con el ceño fruncido y tono de malas noticias: "Deslucida actuación del equipo nacional". Argentina hoy no jugó nada bien –intentamos más tarde con mi amigo recordar una buena jugada colectiva, sin éxito– y le debe una parte no menor de su triunfo a un tipo llamado Stefano Ayroldi, que no levantó su bandera cuando debió hacerlo, y otra parte (menor a la de Ayroldi, pero sustancial) a Ricardo Osorio, que guadañó una pelota que quiso pisar y dejó, con muchísima mala fortuna, en el camino de Gonzalo Higuaín. Aún así, me resisto a apretar los dientes y protestar o quejarme: ganar un partido de Octavos de Final en tiempo reglamentario es algo que Argentina no conseguía desde 1990 (contra Brasil, en otro partido bendecido por la suerte) y que debe ser valorado. A donde llegamos hoy, sólo llegan ocho, y casi nunca estamos nosotros entre ellos.

Para México, la sensación de frustración e injusticia debe ser en este momento increíblemente dolorosa. Su equipo jugó consistentemente mejor que Argentina en la primera y en la última media hora de partido, con determinación, pases cortos y peligro, bien simétrico y hermosamente desplegado por el campo. México no tiene nada que aprender del futbol: sus técnicos tienen doctorados y sus futbolistas van camino al Máster; no hay examen teórico que cualquier mexicano no pueda responder sobre cómo es y cómo debe ser un buen equipo de futbol. Pero sí le falta aprender otra cosa, que me cuesta definir en este momento (porque no quiero comentar la arrogante "argentinada" de recetar consejos en un momento de tanta rabia), pero que si tuviera que elegir dos palabras elegiría, sin estar del todo convencido, "robustez" o "confiabilidad". A medida que uno avanza en el Mundial, ya no alcanza con ser sólido el 90 por ciento o 95 por ciento del tiempo; hay que elevar ese porcentaje el 99 por ciento, porque los equipos del nivel de Argentina (y, especialmente, Argentina, equipo algo confundido pero despiadado y noqueador) saben oler la debilidad ajena y atacar precisamente en el peor momento de sus rivales.

Nassim Nicholas Taleb es un filósofo y financista de origen libanés que vive cerca de Nueva York y que en los últimos años ha escrito un par de libros denunciando los riesgos de los bancos de inversión y la debilidad del sistema financiero, que según él no estaba preparado (y tenía razón) para la crisis de 2008-2009. El segundo libro de Taleb se llama "El cisne negro", nombre con que el autor bautiza a los sucesos altamente improbables pero eventualmente catastróficos (durante siglos los zoólogos creyeron que todos los cisnes eran blancos, hasta que descubrieron en Australia uno que era negro). Taleb, obsesionado con la "robustez" de los sistemas, dice que la humanidad tiende a menospreciar la posibilidad de estos riesgos (porque es muy baja), aun cuando sus consecuencias sean gravísimas.

México, entonces, para mí, juega al futbol sin tener en cuenta la posibilidad de "cisnes negros" en sus partidos. Juega bien: es un equipo organizado y energético, con jugadores jóvenes y dispuestos y jugadores veteranos y señoriales que se combinan con equilibrio y academia. Pero su propuesta o su acercamiento a los partidos podría ser más "robusta": México juega como si no admitiera la posibilidad de sorpresas, o de que la trayectoria del partido pueda ser distinta de la que tenía planeada. Como para México cada partido es una novedad, un rival como Argentina, que vive del instante (no necesita jugar bien para ganar: le alcanza con devorarse a sus hijos en un minuto fatal), sacude sus cimientos de una manera muy difícil de responder. El 5 por ciento o 10 por ciento del partido en el que México no es perfecto, se hunde.

Reviso entonces mis sensaciones y me pregunto cómo me siento: me siento bien, respondo, porque Argentina ha ganado cuatro partidos con relativa facilidad y se ha colocado en los Cuartos de Final sin haber sido realmente puesta a prueba. Pero también sé que me molesta y me confunde la forma escandalosa en la que Argentina metió el primer gol (que probablemente también molestó y confundió al pobre Osorio minutos más tarde). Uno no merece ganar ni perder así, porque mancha el triunfo y escalda la derrota. Recuerdo que en el medio tiempo deseé con fervor que Argentina jugara un gran segundo tiempo, con generosidad y buen juego, para merecer retroactivamente el regalo que le habían dado los árbitros en el primer tiempo. Pero Argentina no jugó bien: no tuvo centro del campo en ningún momento del partido y nunca encontró la mecha o el fuego para encender a Messi, que sólo al final pareció sentirse un poco más cómodo. No compensaron con futbol (lo único que tenían a su alcance) la injusticia que los había beneficiado.

Quienes sí se hicieron cargo de la suerte o la gracia o la ceguera de los árbitros fue Alemania: los jueces no vieron un gol de Lampard que picó casi un metro dentro del arco de Neuer, cuando el partido estaba 2-1, pero los alemanes respondieron en el segundo tiempo con un juego rápido, despierto y juvenil que en todo momento mereció salir victorioso frente la pesadez, la modorra y la madurez de los jugadores ingleses. Los alemanes compensaron el desequilibrio cósmico con vértigo y con Özil, uno de los dos o tres mejores jugadores del Mundial y un personaje cada vez más interesante: su cara nunca hace un gesto ni revela casi emociones, pero su futbol es expresivo como los de muy pocos jugadores en el torneo.

Ha sido un día raro para el futbol, que ahora sí deberá dejar su espíritu artesanal y amigarse con la tecnología: errores como los de hoy son dolorosos y humillantes para la FIFA pero sobre todo son dolorosos para los hinchas de los equipos afectados: México masticará su impotencia durante todos los días que le hagan falta, y sólo el tiempo (que lo cura todo: hasta los errores arbitrales) le devolverán la confianza y la decisión para volver dentro de cuatro años, con la misma esperanza (y quizás algo más "robustez"), a intentar romper la famosa barrera del cuarto partido.



Nota: Las columnas que se presentan en la sección Editorial de mediotiempo.com, son responsabilidad única de sus autores y no reflejan necesariamente la opinión periodística de Medio Tiempo.
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