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Dilemas de un sábado de verano

Sábado 19 de Junio del 2010



Mi devoción por la Copa del Mundo recibió hoy una dura prueba de fidelidad. Era sábado, no había ni una nube en el cielo de Nueva York y alrededores y mis compañeros de San Martín de Brooklyn, con los que juego como mediocampista en la muy latinoamericana Greenpoint Soccer League, tenían programado un partido para las dos de la tarde. ¿Debía quedarme sentado en la penumbra de mi departamento, hundido en el sofá, mirando una serie de partidos moderadamente interesantes (no jugaba ningún país latinoamericano ni ningún ex campeón del mundo)? ¿O acaso una vida sana o armoniosa no consiste justamente en pasar los sábados de verano al aire libre, en contacto con otros seres humanos, participando de la vida en comunidad? Mi cabeza, convencida de que algún día me gustará la “vida sana”, me pedía que saliera, que sonriera, que lavara mi camiseta celeste número 11 y saliera rumbo al parque a jugar al futbol con mis amigos. El cuerpo, sin embargo, hundido en el hueco del sofá, inmóvil e insensible ya a los reclamos del cerebro (y muy socarrón acerca de los supuestos beneficios de la vida sana), insistía en quedarse donde estaba.

Rechacé entonces las invitaciones sociales mañaneras (“Tengo que trabajar”, dije, “tengo que ver los partidos”) y al mediodía, después de comer un par de bananas y beberme el indispensable cartoncito de agua de coco, fui a jugar al futbol, que siempre es una actividad mucho menos virtual que verlo por televisión. Los argentinos y gringos (nosotros) y los colombianos y peruanos (ellos) que nos dimos patadas y de vez en cuando nos pasamos la bola esta tarde en Brooklyn (ellos un poco mejor que nosotros: perdimos 4-2) no somos tan buenos como los cameruneses y los daneses que se dieron patadas y de vez en cuando se pasaron la bola en Pretoria. Pero éramos, por lo menos para los que estábamos jugando y quienes nos miraban tomando cerveza en el borde del parque, más vívidos y tridimensionales.

O sea que mi fidelidad a la Copa pasó la prueba a medias: me desperté temprano para ver a Holanda ganarle a Japón y me quedé sentado en mi lugar durante el empate entre Australia y Ghana, con una taza de café recalentado en una mano y una tostada de pan negro, al mismo tiempo que mi mujer había preferido pasar la mañana en el parque cerca de casa. Pero abandoné a Samuel Eto’o y Christian Poulsen y sus compañeros: preferí patear pelotas y rodillas ajenas (y patear córners: de uno que mandé de zurda al segundo palo, entró uno de nuestros mediocampistas y cabeceó el 1-0 parcial) y exponerme un par de horas al sol y al aire puro de los parques deportivos municipales.

Ahora, de vuelta en casa, con dos ampollas como aceitunas en cada uno de los dedos gordos del pie, miro por televisión la repetición de Camerún-Dinamarca y me doy cuenta de que me perdí el mejor partido del día: se equivocaron mucho y se regalaron goles los unos a los otros, por pánico a ganar o exceso de cortesía, pero jugaron un partido excitante y abierto, en el que los dos equipos necesitaban ganar y, por primera o segunda vez en todo el campeonato, hicieron exactamente eso: abandonaron las ciudades amuralladas de sus defensas perfectas y se aventuraron, como exploradores del siglo XIX, en las exóticas planicies de los campos rivales, que resultaron ser mucho más hospitalarias de lo que habían creído. A medida que avanza el torneo, los equipos se van dando cuenta (esto es más una intuición que una teoría) de que pueden estirarse hasta el campo rival sin tanto miedo y sin inmediatamente recibir el castigo de un contraataque mortífero o el insulto de su entrenador.

Esta liberación que diagnostico es, por supuesto, parcial, o en el caso de Ghana, bastante indetectable: Ghana jugó esta mañana un tiempo y medio con un hombre de más y en ningún momento tuvo la gallardía o la ambición de seriamente preferir la victoria por encima del empate. Jugó razonablemente bien (si viniera un jurado extranjero, con formularios y planillas para analizar cada categoría, aprobaría su trabajo), pero pensó demasiado y rechazó hacerse cargo de la situación. Ahora está primera en el grupo, pero le falta jugar con Alemania. Si pierde, lo más probable es que quede eliminada. Los australianos, en cambio, resultaron un equipo mucho más simpático que el del otro día, cuando perdieron 0-4 contra Alemania: hoy se quedaron sin Harry Kewell bien temprano en una jugada trágica (la estrella del equipo, esperada por lesión hasta último momento, separa apenas el codo de las costillas en la línea del arco: mano, penal y expulsión) y cualquiera podría haber dicho en ese momento que después de tantos golpes Australia ya no podría levantarse. Pero lo hicieron: jugaron mucho mejor y con más convicción con diez jugadores que con once y metieron en serios problemas a los ghaneses. El partido se abrió y en un momento, cerca del final, se hizo bastante atractivo: era un duelo físico de mucho contraste visual (torres rubias-pelirrojas contra torres morenas-africanas), donde los jugadores saltaban mucho y chocaban mucho y ocasionalmente ponían a alguno de los suyos con la pelota frente al arquero rival: los arqueros estuvieron un poco temblequeantes al principio pero muy sólidos al final, especialmente el australiano Schvarzer, y el partido, jadeante y exhausto, llegó así hasta el final.

Holanda volvió a ganar, pero a nadie se le ha movido un pelo en la dirección correcta. Esta Holanda, que enamora a nadie, ya no comete los errores de otros años: sabe que entusiasmar sirve de poco y que el verdadero negocio en esta industria efímera y arbitraria de los Mundiales es, con demasiada frecuencia, hacer lo mínimo imposible y llegar a los momentos importantes en voz baja, con aparentes crisis de juego o psicológicas, sin candidaturas ni exageraciones. Quizás esta vez les dé resultado.

Nota: Las columnas que se presentan en la sección Editorial de mediotiempo.com, son responsabilidad única de sus autores y no reflejan necesariamente la opinión periodística de Medio Tiempo.
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