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Un mini-teatro y el futbolLunes 14 de Junio del 2010
Hernán Iglesias Illa | Eclipse de Gol - hernanii.mediotiempo@gmail.com Todas sus editoriales - Mas columnistas |
El viernes a la noche finalmente fuimos al teatro. Nos sentamos con mi mujer en la segunda fila de una sala chiquita pero acogedora de Manhattan, se apagaron las luces, se abrió la cortina y apareció Billy Crudup, sentado de frente al público en un sofá vencido y descascarado. Crudup tenía puesto un pantalón de gimnasia, un viejo suéter gris, barba de tres o cuatro días, el pelo alborotado y la mirada perdida; su personaje era un escritor poco conocido y recién abandonado por su mujer a quien le costaba mucho trabajo levantarse cada mañana de ese sofá rodeado de libros y botellas vacías de jugo y cerveza. Disfruté mucho los primeros minutos (Crudup, como ya dije el otro día, me parece un actor extraordinario y extrañamente cercano, como si fácilmente pudiéramos ser amigos), pero después de un rato la escena empezó a parecerme familiar, por las razones equivocadas. Me pregunté: ¿No se parece ese tipo mal vestido y mal arreglado, protestón y quejoso, a otro tipo mal vestido y mal arreglado que conoces bien y que se ha pasado la última semana sentado en otro sofá con la mirada perdida? Ah, me respondí: qué capacidad tienen el arte y el teatro para iluminar nuestras vidas cotidianas de las formas más extrañas. Después volví a suspirar, y mientras veía al personaje de Crudup afeitarse y arreglarse para enfrentar a los fanáticos que habían censurado uno de sus libros, volví a hacerme la misma pregunta; esta vez tuve otra respuesta, porque me di cuenta de que mi adicción al Mundial es mucho más moderada y benigna y pasajera (dura sólo un mes) que la intensa, maligna y larguísima adicción del personaje de Crudup a la inmovilidad y el fracaso.
De todas maneras, me sentiría mucho menos culpable de mi adicción o sufriría menos el esfuerzo si el primer partido de cada mañana empezara una o dos horas más tarde que las 7:30 am, el horario en el que empiezan ahora los partidos en Brooklyn, donde vivo. La primera media hora del Holanda-Dinamarca, esta mañana, como la primera media hora del Argelia-Eslovenia de ayer, fue casi un castigo, y, en este caso, un castigo inesperado, porque uno esperaba algo más de un país escandinavo con tradición de buen toque y un país casi escandinavo con una tradición importante en el club histórico del buen futbol. No era esto lo que pensaba yo en el descanso del partido, mientras me dejaba tentar por la posibilidad de tomarme una mini-siesta y me preguntaba por qué los daneses parecían tener tan poca sangre en las venas y los holandeses creían que podían desperdiciar un tiempo entero en adaptarse al clima de Johannesburgo o calibrar su relación con el campo de juego, no habían hecho nada, o casi nada, ninguno de los dos, y me sentía tan personalmente indignado por la falta de nervio y puntería que me lo tomé casi como una ofensa personal, como si estos 22 tipos, con sus malas piernas, me estuvieran fallando a mí, este solitario columnista de Nueva York que se había levantado a las 6:45am para ducharse, vestirse y desayunarse, y hacer toda una ceremonia doméstica con el único objetivo de verlos a ellos.
En el segundo tiempo, por supuesto, la situación mejoró bastante, pero sólo después de una jugada muy desafortunada (mal cabezazo, rebote en espalda, gol en contra de Dinamarca). Los holandeses fueron despejándose o despertándose a medida que avanzaban los minutos y, especialmente, desde que entraron sus suplentes (Elia y Afellay), dos jóvenes rápidos, valientes e imaginativos que probablemente no durarán mucho más en la liga holandesa. De Dinamarca apenas hubo noticias. En Mexico ’86, Dinamarca jugó una primera ronda fenomenal, ganándoles con claridad a Alemania, Uruguay y Escocia; en Octavos de Final fueron goleados por España, pero igual dejaron una marca de elegancia y fluidez que muchos recordamos todavía hoy. La Dinamarca de hoy, que ojalá no sea la de todo el Mundial, se parece más a un equipo cualquiera del centro de Europa, sin personalidad ni rasgos distinguibles, que planta dos líneas de cuatro defensores y cuatro mediocampistas y espera el milagro de que alguno de sus dos o tres futbolistas autorizados a pisar el área ajena alguna vez conecten un tiro peligroso. Soy optimista con Holanda, porque creo que con el paso de los partidos encontrará una velocidad de crucero apta para explotar a sus mejores jugadores y para no hundirse, como le ha ocurrido en el pasado, en las crisis psicológicas que la han paralizado tantas veces.
El partido del día que con más anticipación había estado esperando era Italia-Paraguay, dos equipos con mística guerrera que se entregan a sus batallas con un rigor y una bravura que los hace siempre interesantes, aun cuando renieguen del futbol de creatividad o elaboración tejida con paciencia. (Apenas puedo decir nada de Japón-Camerún, un partido pequeño, de interés apenas discreto pero ganado con justicia por los japoneses, que no son muy talentosos pero sí nobles y bienintencionados.) Paraguay es desde hace varios años uno de mis equipos favoritos, y siempre quiero que les vaya bien. En 2006 me enojé mucho con ellos porque confiaron demasiado en su honor de guerreros y se olvidaron de jugar al futbol, perdieron 1-0 con Inglaterra y 1-0 con Suecia, después, ya eliminados, le ganaron 2-0 a Trinidad y Tobago. Desde que lo dirige Gerardo Martino, Paraguay sigue siendo un equipo rocoso e indigesto, que va haciendo añicos el ánimo de sus rivales a fuerza de patadas y presión y cabezazos y balonazos. Pero además ahora sabe salir rápido cuando recupera la pelota, es como una bestia agazapada en un matorral, esperando una mínima distracción de su presa. Así juega Paraguay, parece que está a la defensiva pero es un truco; pocos equipos son tan capaces de transformar tan rápido un rechace en un jugada de peligro.
Hoy no tuvo Paraguay muchas de estas jugadas de peligro, quizás por la lluvia, que transformó a la cancha de Ciudad del Cabo en una pista de patinaje, o quizás porque los italianos, al igual que los paraguayos, también saben ahogar y deprimir y confundir a sus rivales en la mitad de la cancha. El partido fue trabado y en general bastante poco atractivo estéticamente (mucho más atractivo, de todas maneras, que los dos partidos anteriores); pero se jugaba con tanta intensidad y apasionamiento que uno se sentía casi en un estadio de lucha libre, a punto de oler la transpiración y sentir las heridas de los jugadores, que no dejaron ni un minuto de tirarse al suelo y golpearse como si les fuera la vida en ello. (Es impresionante ver cómo corre y qué inteligente es Enrique Vera, un mediocampista-cacique que hace un par de años pasó sin mucha fortuna por el América.)
Italia y Paraguay me devolvieron la energía de la que me habían drenado los partidos de la mañana, más parecidos a amistosos que a partidos de la Copa del Mundo. Veo aquí un patrón que puede repetirse en los próximos días, como si los organizadores hubieran planeado el calendario como largas jornadas de cocina a fuego lento. Mañana empieza temprano con el partido entre Nueva Zelandia y Eslovaquia, del que ni los optimistas más ingenuos esperamos demasiado, pero cierra con el uno-dos brutal del (insertar aquí música tenebrosa) "Grupo de la Muerte": Portugal-Costa de Marfil y Brasil-Corea del Norte. De Brasil lo sabemos todo y de Corea del Norte no sabemos nada, será quizás un lindo momento para los nostálgicos de los viejos Mundiales de las décadas del ’50 y del ’60, cuando los equipos llegaban al aeropuerto y dos días después ponían sobre el césped a 11 jugadores de los que nadie nunca había oído hablar.