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Haciendo fuerza por los poderososMartes 15 de Junio del 2010
Hernán Iglesias Illa | Eclipse de Gol - hernanii.mediotiempo@gmail.com Todas sus editoriales - Mas columnistas |
Son las dos y media de la tarde en Nueva York. Brasil y Corea del Norte entran a la cancha del Ellis Park en dos filas ordenadas y desiguales y yo me doy cuenta, dándole los últimos bocados a una ensalada, que por primera vez en mucho tiempo tengo ganas de que Brasil gane un partido de futbol. Los hinchas tenemos tan inscripto en nuestro ADN futboleros el reflejo de hacer fuerza por el más débil que, cuando sentimos lo contrario, nos parece una sorpresa y lo consideramos una excepción. Una de estas excepciones se produce, por supuesto, cuando el débil juega contra nuestro equipo. Otra, como la de hoy, es cuando el país débil, a pesar de que está enfrentando al más poderoso (al favorito número uno, al único país para el que salir segundo es un fracaso), no nos genera ninguna simpatía. Busco dentro de mí emociones positivas para identificarme con los jugadores norcoreanos, pero no encuentro ninguna: un triunfo de Corea del Norte será siempre un triunfo para el régimen rocambolesco y brutal, patético y desalmado que lleva más de medio siglo sometiendo a sus habitantes a hambrunas periódicas, campos de concentración y apologías de pureza racial. Después pienso que los jugadores y los hinchas no son lo mismo que Kim Jong-Il, que quizás ellos, precisamente, se merecen alguna de esas alegrías que el gobierno se niega a darles. Pero resisto: la imagen del "Querido Líder" recibiendo a sus "Héroes de Sudáfrica" en un estadio de Pyongyang tapizado de pancartas coreografiadas me hace temblar. Que gane Brasil entonces, a pesar de que tengo bastantes pocas ganas de que Brasil gane el torneo y de que es aburridísimo y poco mundialista, cuando juega el mejor contra el peor, hacer fuerza por el más poderoso.
Los coreanos, veinte centímetros y veinte kilos más pequeños que los brasileños, soportan bastante bien los primeros minutos del partido. Brasil no hace demasiada fuerza, porque elige mostrarle a su rival y a todos nosotros, las decenas de millones que miramos el partido por televisión, cuánta energía y calidad le sobran para ganar un partido como éste. Aunque los minutos pasan y el partido sigue 0-0, los brasileños saben que van a ganar. Nosotros en nuestras casas también sabemos que van a ganar y también, probablemente, lo saben los coreanos, que igual pelean y se mueven como si no se supieran quiénes son esos superhombres poderosos y musculares que tienen enfrente. De todas maneras, cuando llega el primer gol –un trallazo sorprendente y, para mí, muy astuto de Maicon al primer poste–, los brasileños lo festejan como si estuvieran en el tiempo extra de la Final del Mundial. A veces me parece que sobreactúan: hace dos minutos estaban trotando por la cancha, pavoneándose de su superioridad técnica y táctica, humillando a sus rivales sólo con la forma de atarse los cordones o de acomodarse las medias, y ahora tienen lágrimas en los ojos porque le están ganando 1-0 a Corea del Norte. ¿Por qué esta disonancia? No lo sé, a esta altura me parece casi un rasgo de la cultura futbolística brasileña: estamos obligados a ganar, pero cada vez que ganamos es un milagro.
En cualquier caso, este Brasil me parece una roca. Va a ser difícil ponerlo contra las cuerdas y casi imposible aguantar la electricidad de su contraataque. Hoy no lo pareció mucho porque los coreanos se pasaron sesenta minutos agazapados en su propia área, como si temieran una emboscada, pero en los próximos partidos, cuando rivales con mayores expectativas intenten atacarlo, entonces volarán Robinho (bien hoy) y Kaká (mal hoy) para castigar su exceso de confianza. Cuanto mejores sean los rivales, mejor, me parece, jugará Brasil en el torneo.
Anoche tuve que trabajar y después perdí tiempo mirando cosas que no necesitaba ver y leyendo cosas que no necesitaba leer. Terminé yéndome a dormir casi a las tres de la mañana e insultándome a mí mismo por haber perdido tanto tiempo y, especialmente, horas valiosas de sueño. Me desperté sorprendido y paranoico, como si supiera que algo muy malo había ocurrido. Caminé por la casa a los tumbos, con un tremendo dolor de cabeza, buscando mi teléfono. Lo encontré, pero no tenía batería. Miré la hora en el microondas: 9:11am. "Nueve y once", dije, e hice las cuentas. "Uh. Me estoy perdiendo Eslovaquia-Nueva Zelanda". Salté hacia el sofá; desde el aire encendí el televisor con el control remoto. Caí pesadamente sobre el cuero áspero y gastado y distinguí el acento irreproducible del ex jugador escocés Ally McCoist, comentarista de ESPN. Ahí estaban los neozelandeses y los eslovacos, de blanco y azul, en el minuto 82 de su debut en el Mundial. Agaché la cabeza, decepcionado, como si me hubiera perdido un tren o hubiera faltado a una cita importante: después de once partidos perfectos (o casi perfectos: creo que sesteé unos minutos en el primer tiempo de Holanda-Dinamarca), por primera vez me había perdido una parte significativa de un partido. Sentí como si se hubiera roto algo: como si mi relación con el Mundial, que hasta ese momento había sido devota e inmaculada, hubiera perdido una pureza indispensable para mantenerse viva. Por un minuto creí que nada de todo esto ya valía la pena –las jornadas de diez horas, Eclipse de Gol, los madrugones, los partidos aberrantes–, que debía abandonar todo. Pero fue sólo un minuto. Enseguida recordé que en esta vida no tenemos relaciones inmaculadas con nadie, y muchos con un objetos inanimados o relativamente abstracto como es un torneo deportivo. Mejor así, creo: ahora que perdimos la virginidad, el Mundial y yo podemos seguir queriéndonos y disfrutándonos sin la presión ni la obsesión de mantenernos castos para siempre.