higlesias

Italia pierde la ironía

Domingo 20 de Junio del 2010



¿Quiénes son estos rubios de ojos celestes que cada cinco días se ponen un juego de camisetas azzurras y salen a las canchas de futbol de Sudáfrica a patear balones con las puntas de los zapatos? ¿Son impostores? ¿O son actores, contratados por la federazione italiana para fingir una participación en primera rueda y esperar la llegada de los italianos verdaderos? Porque éstos que vimos hoy contra Nueva Zelanda no pueden ser los mejores once futbolistas italianos del momento, ni pueden ser estos once tipos una expresión razonable de lo que debería ser el futbol de Italia, que hoy no tuvo nada: no sólo les faltó ambición, gracia o armonía (tres cosas de las que suelen andar escasos, aun cuando ganan o cuando juegan razonablemente bien), hoy ni siquiera tuvieron convicción, templanza o la vergüenza deportiva para, por lo menos, llenar de centros el área neozelandesa. Creo que los italianos se han enamorado tanto de su aura de equipo luchador y ganador que ahora ni siquiera creen que deban usar buenos futbolistas para conseguir sus resultados: como si ponerle una camiseta azul con el escudo de la FIGC fuera suficiente para convertir a once actores (o, llegado el caso, a Claudio Marchisio y Giampaolo Pazzini, dos jugadores apenas por encima del promedio de la Serie A italiana) en estrellas con la calidad o la envergadura psicológica para jugar y ganar un Mundial con Italia.

Los futboleros llevamos décadas diciendo “Italia es Italia”, como si estuviera escrito en el destino que la racanería y la chula exhibición de torpeza de los italianos es suficiente para acarrearlos y depositarlos en las semifinales o alrededores de todos los torneos grandes. “Italia es Italia”, decimos, y algunos de nosotros lo decimos todavía hoy, después del soso pero justificable empate contra Paraguay y del desesperante empate de esta mañana contra Nueva Zelanda, un partido que los futbolistas italianos nunca intentaron realmente tomar por las astas. Lo decimos porque Italia todavía tiene buenas posibilidades de pasar a la segunda rueda y acomodarse en el juego que más le gusta, el del populismo futbolístico del todo o nada, la gloria o la miseria, la clasificación o el humillante regreso a casa. En ese futbol maniqueo de matar o morir, Italia se siente renacer y se siente justificada a ser espantosa y cruel con sus rivales y con los espectadores. Pero el espectáculo de hoy, dios mío, ¿de qué manera puede renacer Italia con estos jugadores, estos oficinistas sin talento ni vida propia que juegan los partidos del Mundial como si fueran al trabajo una mañana cualquiera y su único pensamiento es que lleguen las seis de la tarde para volver a casa? Me muero de ganas de tachar a Italia de la lista de candidatos y de decir que este año, finalmente, cargada de “bidones”, es imposible que llegue lejos. Pero sucumbo otra vez a la fuerza esotérica de eso que algunos llaman “destino” y entonces me callo, para no invocar malos espíritus ni árbitros que, como el de hoy, cobren a favor de Italia penales que en casi ninguna otra circunstancia cobrarían.

Cuando los neozelandeses (sencillos pero honrados, temerosos pero con motivos) quisieron hoy mantener la posesión de la pelota, casi no tuvieron problemas para hacerlo: los italianos tienen tan metido en su ADN que, cuando pierden la pelota, deben retroceder hasta ocupar sus posiciones, que les dejaban tiempo y espacio a los kiwis para respirar y bajar el ritmo de sus pulsaciones. Los italianos no presionan a nadie: si el rival tiene la bola, ellos se acurrucan en su mitad del campo; así lo han hecho los últimos cien años y así lo harán en los próximos cien. Funciona bien o más o menos bien en cuartos de final o semifinales contra Alemania o Argentina, pero funciona mucho peor en primeras rondas contra Nueva Zelanda o (ver España ’82) contra Camerún. A veces da la impresión de que si los italianos jugaran contra un equipo de colegiales de doce años, tampoco los presionarían: se pararían todos juntitos en su 4-4-2 esculpido en piedra y los esperarían en su cancha, mostrando los dientes, sin ningún tipo de ironía, convencidos del único plan que tienen y que conocen para recuperar la pelota.

Hoy fue entonces un día histórico para Nueva Zelanda, pero también, creo (aunque de un modo mucho más sutil), para Paraguay, que por primera vez en su historia en los Mundiales entró a la cancha con tres delanteros y la seria intención de ganar el partido. Siempre me ha generado simpatía la entereza de Paraguay y su atrevida insolencia de país pequeño pero guerrero, acostumbrado a detener en sus fronteras las bravuconadas de sus vecinos. Durante mucho tiempo, esta confianza le había sido suficiente para llegar con frecuencia a los Mundiales, a veces a las segundas rondas y a veces a ponerse a un paso de la hazaña (en 1998, perdieron en Octavos de Final contra el local, Francia, en tiempo suplementario). Pero había dejado de ser suficiente: el Paraguay de 2006 fue un equipo triste, que no atacaba nunca y que ingenuamente parecía creer que la consecuencia de moler a patadas a sus rivales pudiera convertirse en algún momento en un gol. Este Paraguay de 2010 es una versión moderna de aquel Paraguay resistente: sigue siendo un equipo que se defiende muy bien y que tiene mística guerrera, pero ahora también tiene un plan de ataque, poco visible contra Italia pero bastante claro hoy contra Eslovaquia: tres delanteros claros moviéndose de un lado para el otro, haciendo la vida imposible a los defensores rivales, y tres mediocampistas de los cuáles sólo uno es claramente un contención (Cáceres) y los otros dos (Riveros y Vera) son muy razonables jugadores de futbol, con buenos pies (el izquierdo de Riveros, el derecho de Vera), enorme inteligencia táctica y un amor propio conmovedor, especialmente en el caso de Vera, esa bruja desgarbada y mal teñida de rubio que persigue durante ochenta metros a un wing rival y al minuto siguiente está definiendo con “tres dedos” desde el borde del área contraria, como si fuera un número diez, y poniendo a Paraguay 1-0.

Más tarde jugó Brasil, que presentó su candidatura. Dunga y sus jugadores nunca habían dudado de ellos mismos, pero aparentemente decidieron hoy decirle al mundo entero (incluyendo, especialmente, a la prensa brasileña, que no está nada enamorada del equipo) que Brasil está listo para llevarse por delante a cualquiera. Enfrente tenía a un equipo áspero, ágil y razonablemente inteligente como Costa de Marfil, que salió a atacar a Brasil como nadie lo había hecho en mucho tiempo. Funcionó durante un rato, pero Brasil es impiadoso con quienes le juegan de igual a igual y no respetan su realeza futbolística: entre sonrisas y paredes y sombreros (y alguna mano que debió ser cobrada), Brasil metió tres goles y puso a dormir un partido que hace unas horas parecía una “prueba” o “la hora de la verdad”. No fue ninguna de las dos cosas: para los enemigos de Brasil o de Dunga (hay muchos más de los segundos que de los primeros), el partido de hoy fue una decepción, porque este equipo, jugando a este ritmo y con esta consistencia, puede ganar el torneo con una comodidad sólo interrumpida por muy, muy pocos otros equipos que no mencionaré porque en estas cosas soy un poco supersticioso y no quiero amargar a mis compatriotas. Con este piloto automático, Brasil puede acomodarse en su asiento, poner un DVD con la última temporada de “Lost” y pedirle a la azafata que lo despierte cuando lleguen las Semifinales.

Nota: Las columnas que se presentan en la sección Editorial de mediotiempo.com, son responsabilidad única de sus autores y no reflejan necesariamente la opinión periodística de Medio Tiempo.
  • IMPRIMIR
  • COMPARTIR
  • ENVIAR
  • Califica:
    •  comentarios

    Identificado como:

    Restan 255 caracteres