higlesias

La dulce tentación del tiempo extra

Sábado 26 de Junio del 2010



Escribo esto después del tiempo reglamentario del partido entre Ghana y Estados Unidos pero antes del tiempo extra, que empezará dentro de unos minutos. No sé el resultado final, si alguno de los dos equipos meterá un gol en la media hora que falta o si tendrán que jugarse el pase a Cuartos de Final en los penales. Y escribo ahora porque después no voy a tener mucho tiempo. Cuando arreglamos los detalles de “Eclipse de Gol” con los editores de MedioTiempo, decidimos que les enviaría la columna cada día alrededor de una hora y media después de terminado el último partido del día. Este arreglo sirvió perfectamente bien para la primera ronda: tomaba notas de cada partido en un bloc sin rayas que tenía siempre a mi lado, e intentaba escribir a la hora del almuerzo (entre el segundo y el tercer partido) la mitad o al menos un tercio de la columna, porque sabía que si dejaba la mayor parte del trabajo para el final, sería imposible cumplir con el horario pactado.

Para lo que no sirve ese arreglo, por supuesto, es para esta segunda ronda, que ya en su primer día me está poniendo en un aprieto logístico, Estados Unidos y Ghana dejaron de agredirse hace ya varios minutos y han decidido conjuntamente, como si se hubieran puesto de acuerdo, tomar aire y encarar el combate definitivo en la media hora de tiempo agregado. Esto le agregará emoción al día (los tiempos suplementarios tienen una intensidad y una autenticidad que los ha convertido en un símbolo casi perfecto de los Mundiales), pero me quita tiempo para escribir esta columna, la que jamás podría comenzar a escribir tan tarde y entregar a tiempo o con un mínimo retraso. (No lo he conversado con ellos, porque no he tenido ocasión, pero estoy seguro por supuesto de que mis editores entenderían perfectamente si les entregara la columna tarde por culpa de un tiempo extra o de una definición por penales. Pero igual prefiero arrancar antes, arrancar ahora, porque cuanto antes esté listo el texto, mucho mejor).

Lo primero que quería decir sobre el partido de Estados Unidos es que, otra vez, mis compatriotas flamantes empezaron el partido con ganas de tomarse un tiempo para acomodarse, probar la temperatura y recién después decidir cómo iban a jugar. Y, como les pasó con Inglaterra y Eslovenia, este espíritu de paseadores domingueros les costó un gol en los primeros minutos del partido. Su gesto, cada vez que les pasa esto, es entonces de sorpresa, como si creyeran que había un acuerdo tácito entre ambos equipos según el cual estaba prohibido patear al arco hasta, digamos, el minuto 20.

Con el marcador otra vez en contra, los gringos, trabajadores y entusiastas, volvieron entonces a plantear el partido en clave heroica y otra vez estuvieron a punto de obtener una hazaña (quizás todavía estén a tiempo). Jugaron mucho mejor que los ghaneses durante casi una hora (jugaron muy bien los primeros 20 minutos del segundo tiempo) y alcanzaron el empate en el mejor momento del partido. Ahí debieron ir por la yugular de sus rivales, pero no lo hicieron. Imagino que debe ser estruendosa y complicada la ensalada psicológica de los jugadores minutos antes de los tiempos extra, porque la mayoría de los equipos se acercan mansamente a ellos, como si fueran al matadero o incapaces de hacer frente a este fatalismo, prefieren anestesiarse y acurrucarse en un rincón, exhaustos de tanto esfuerzo y tantos “acontecimientos”. Pausa entonces, me voy a ver los últimos treinta minutos de Estados Unidos-Ghana.

Aquí estoy otra vez, un poco decepcionado y un poco irritado, especialmente porque los gringos han repetido en miniatura el patrón trágico de sus partidos anteriores: siesta inicial, gol en contra, impulso épico. Asamoah Gyan se coló por el enorme valle que dejaron en un momento Bocanegra y DeMerit y el delantero ghanés hizo lo que tenía que hacer: un hoyo fuerte y por el medio del arco. La “Épica” gringa de otros partidos fue esta vez “épica”, sin mayúscula, porque a nadie ya le respondían los músculos como media hora antes y porque tenemos los humanos en nuestros cerebros un chip que, para protegernos de las miserias de la vida, nos recomienda rendirnos ante las adversidades y evitar otro esfuerzo y una decepción aun mayor.

El partido terminó sin historia, con los ghaneses controlando el balón con autoridad y madurez, como si fueran el equipo serio que han amagado ser en estas semanas. Quizás la “europeidad” de su técnico, el serbio Milovan Rajevac, les ha servido finalmente para algo y consolidarse en ese tipo de equipo un poco gruñón en ataque pero definitivamente rocoso en defensa. Imagino un partido muy parejo la semana que viene entre Ghana y Uruguay, que hoy, como un adicto recuperado, pareció a veces el equipo renovado y (moderadamente) moderno de partidos anteriores y, en casi todo el segundo tiempo, recordó al viejo Uruguay pasivo, desconfiado y que odiaba a todo el mundo.

 El nuevo Uruguay se pareció al viejo Uruguay durante casi todo el segundo tiempo, cuando la lluvia, el mejor toque de los coreanos y su genético recurso a la épica lo retrasaron en la cancha y le hicieron olvidar el temple y la seguridad con la que habían jugado buena parte del primer tiempo y buena parte de los partidos de la primera ronda. Uruguay tuvo un acto reflejo, como si lo más profundo de su carácter futbolístico –el arcaico y derrotista concepto de la “garra”, combustible y condena durante décadas de la Selección uruguaya– estuviera regresando en el momento menos adecuado para sabotear a un equipo que parecía haber cambiado. El nuevo Uruguay se disfrazó del viejo Uruguay cuando todavía faltaba más de media hora de partido, y Corea del Sur, que ya no es la vieja Corea del Sur, se encontró a sí misma tocando la bola en el borde del área uruguaya, donde los defensores y los mediocampistas celestes los esperaban con rabia y decisión pero sólo aguantando, sin ideas ni solidez, como contaminados por el determinismo de su baja autoestima histórica, que los llevaba a celebrar cada 1-0 como un milagro y a comportarse como un batallón asediado por un ejército, aun cuando ese ejército no fuera gran cosa y no mereciera el elogio del repliegue. (Pegarse al portero propio sin una ruta de escape siempre es un piropo que uno le hace al equipo rival, porque le reconoce su peligrosidad. También es una señal, a los rivales y al público, de que uno no tiene la entereza ni el empaque ni el futbol para hacer otra cosa que aguantar).

Uruguay no aguantó, Corea del Sur empató con un gol más feo que los casi-goles que había enhebrado con gracia en los minutos anteriores y durante un rato pareció que los uruguayos habían recibido el golpe del empate como un mensaje de los dioses, que los estaban castigando por su falta de confianza y por haber sucumbido al alarido histórico de la garra charrúa. Los salvó (a los uruguayos) la propia Corea del Sur, cuyos jugadores, probablemente agotados física y psicológicamente por el esfuerzo de atacar sin pausa durante tanto tiempo, y aliviados por la válvula de escape que había sido para ellos el 1-1, decidieron (como decidirían los gringos un par de horas más tarde) tomarse un descanso de 15 minutos y dormir una pequeña siesta hasta volver a concentrarse en un eventual tiempo suplementario, que en ese momento parecía inevitable.

Luis Suárez, que siempre parece lejos de las jugadas, como distraído o desorientado, recibió entonces solo en el pico del área, chorreando agua por todos lados (en ese momento la lluvia era tremenda), e intentó enganchar dos veces hacia adentro, buscando liberar la rosca indescifrable del Jabulani. En el segundo quiebre, un defensor coreano rasguñó la pelota con la punta del botín izquierdo y por un segundo pareció que Suárez, duende y chispa de Uruguay, había perdido la fluidez del movimiento. Pero dio un paso cortito, volvió a acomodarse y sacó un latigazo que primero se abrió un poco y después obedeció el efecto que le había pedido su autor, golazo.

Los coreanos se despertaron entonces de su siesta, pero ya no les quedaba casi tiempo. Los uruguayos festejaron y, quizás, aprendieron una lección: su moderno Doctor Jekyll es mucho más civilizado y agradable que su viejo y monstruoso Míster Hyde.

(¿Quieren saber si terminé a tiempo? Sí, todavía me sobran cuatro minutos, que podría desperdiciar aquí escribiendo frases sin sentido, como ésta. O podría darles un pronóstico y un mapa de mis sentimientos sobre el partido de mañana entre Argentina y México. Sé que mi legión de enemigos y algunos comentaristas de “Eclipse de Gol” se morirían de ganas, pero declino la invitación: el gran día no es hoy, es mañana).



Nota: Las columnas que se presentan en la sección Editorial de mediotiempo.com, son responsabilidad única de sus autores y no reflejan necesariamente la opinión periodística de Medio Tiempo.
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