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El carrusel de los pases infinitosDomingo 11 de Julio del 2010
Hernán Iglesias Illa | Eclipse de Gol - hernanii.mediotiempo@gmail.com Todas sus editoriales - Mas columnistas |
Acaba de terminar el partido y tengo un nudo en la garganta que no puedo ni siquiera empezar a explicar. Estoy triste y un poco rabioso, porque al final del partido tenía más ganas de que ganara Holanda que de que ganara España, pero también sé que no es ésa la verdadera causa, o por lo menos no la principal, de este nudo vergonzoso con el que he terminado la siempre agridulce tarea de ver la Final del Mundial entre dos países que no son el propio.
Miro en la televisión cómo festeja la gente en la Plaza Colón, en Madrid. Por alguna razón, a la multitud se le ve toda muy roja (no sólo en las camisetas), como si hubieran estado toda la tarde tirándose tomates. Saltan y se abrazan, ondean banderas. Parecen genuinamente contentos, pero me cuesta sentir empatía por ellos, no porque sean españoles (siempre tiene que haber un Campeón), sino porque su celebración es mi derrota, como argentino pero sobre todo como hincha del Mundial. El pitazo arbitral que acaba de gatillar su euforia pública acaba de gatillar también mi amargura privada, porque ya no hay dudas ni maniobras de dilación que valgan la pena. El Mundial, ese artefacto y artilugio psicológico en el que llevo hundido un mes y empapado más de un año, ha terminado. Ya no queda nada. Zip. Cero. Game Over.
El nudo en la garganta, que todavía sigue ahí, quince minutos después de escribir el primer párrafo, quizás sea también una señal de pánico. Si hubo algo de mi vida personal o profesional que el Mundial ha logrado esconder con éxito, ahogándolo en el mundanal ruido de la pelota y las vuvuzelas, la única posibilidad es que desde mañana todos aquellos problemas empiecen a subir a la superficie de mi conciencia, reclamando la atención que merecen. Y mi conciencia, que sabe bien que lidiar con los problemas genera aún más problemas, siente pánico y envía sus advertencias inconscientes a la garganta, que se arremolina y se endurece como atragantada con el hueso de un aguacate.
La tarde-noche posterior a la Final del Mundial es siempre un doble domingo en la noche: los domingos tradicionales terminan con silencio y melancolía porque nos damos cuenta de que el mini-carnaval semanal que nos concede el sistema está a punto de terminar; la tarde del domingo posterior a la Final, para todo el mundo menos para los ganadores, tiene el silencio y la melancolía de que este mini-carnaval de cuatro semanas también acaba de terminarse. Los trabajadores tienen revancha dentro de cinco días, el viernes; para los mundialeros, la revancha está tan lejos que no queremos ni siquiera hacer las cuentas.
Leo lo que acabo de escribir y me doy cuenta de que apenas he mencionado a España, nuevo Campeón del Mundo y verdadero protagonista del día. Queda raro escribirlo: “España, Campeón del Mundo”. Nos habíamos acostumbrado a ver a España fracasar tantas veces y con tanto estrépito que creíamos imposible esta seguidilla de dos torneos en dos años (Eurocopa en 2008; Sudáfrica 2010). ¿Qué ha pasado? Lo que más claramente ha pasado es que España ha encontrado una manera de jugar y ha encontrado, sobre todo, los jugadores perfectos para llevarla adelante. España toca y toca y toca y toca y toca porque cree en ello pero también porque quienes tocan y tocan son Xavi, Busquets e Iniesta, que tocan y tocan de una forma parecida todo el año en el Barcelona, y Xabi Alonso, Sergio Ramos, Fábregas y Villa, tipos que aprendieron rápido a tocar y tocar y subirse al carrusel de los pases infinitos.
En este Mundial, el carrusel le ha servido a España más para dominar los partidos y ponerle una camisa de fuerza que para encontrar espacios y marcar goles. El tiki-taka ha hecho a España más invencible que imparable, porque el “pase” es un arma tan ofensiva como defensiva. España recibió dos goles en todo el campeonato y los dos llegaron después de rebotes y carambolas contra dos equipos (Suiza y Chile) que llevaban media hora sin molestar a Casillas. Hoy pudo haber recibido alguno, o más de uno, si Arjen Robben hubiera levantado un poco más la bola en su primera ocasión solo contra Casillas o si, en la segunda, hubiera aguantado con más compostura el empellón anterior de Puyol.
No fue una Final bonita, pero nunca lo son, ni deben serlo. Para quienes elogiaban ayer los goles y la bonhomía del partido por el tercer puesto entre Uruguay y Alemania, el de hoy debió haber sido un castigo y un tedio, como una mala película, sin escenas de acción ni diálogos inteligibles. Es cierto, la Final de hoy, como casi todas las finales recientes, no ha sido un buen “espectáculo”. A mí no me importa, e incluso me alivia un poco. Porque el futbol no es un espectáculo o un “entretenimiento”, sino mucho más que eso. (Esta es mi versión de la famosa cita de Bill Shankly, el ex entrenador del Liverpool: “El futbol no es un asunto de vida o muerte, sino algo mucho más importante”.) Si tuviera claro lo que quiero decir, podría seguir horas hablando sobre este tema –¿Qué es le mejor del futbol: su verdad o su belleza?–, pero me parece demasiado abstracto para un día en el que la Humanidad y el Destino han decidido darse y darnos un nuevo campeón mundial de futbol.
Fue una Final, entonces, abigarrada y hosca, con un árbitro que sacó tantas tarjetas en el primer tiempo que estuvo a punto de perder el control del partido. Los holandeses, que ya no son los holandeses sonrientes y buenos perdedores de otras épocas, sometieron a los españoles a un juego de cascote y zarpazo, para irritarlos e interrumpirlos, como habían hecho la semana pasada contra Brasil. Su bronca y su cinismo (especialmente de sus volantes centrales, Van Bommel y De Jong, odiosos como guardias penitenciarios) pusieron al partido y a a todo el mundo de mal humor. Holanda fue un misterio todo el torneo (llegó a la final con la sensación de no haber sido realmente puesta a prueba o de no haber dado todo de sí) y se va un poco de la misma manera, confundida después de un partido en el que nunca se sintió cómoda. Qué equipo raro esta Holanda: antes eran un ballet; ahora, una pandilla.
Un último párrafo para Iniesta, que debería recibir el Balón de Oro por su contribución decisiva de esta tarde. En un equipo que mete pocos goles (España será con mucha diferencia el Campeón Mundial menos goleador de la Historia), Iniesta hoy desatascó un duelo muy duro que parecía condenado a la lotería cruel y sádica de los penales. Ya había sido el mejor jugador del partido, molestando a todos los holandeses que le pasaban cerca y encontrando detrás de Van Bommel y delante de Mathijsen un refugio donde esconderse y recibir el balón casi siempre con un segundo de tiempo para pensar. España revoloteó el área de Holanda y llegó finalmente al gol gracias a los oficios de equilibrista (se mantuvo en pie cuando parecía imposible) o cerrajero (abrió puertas que parecían cerradas) de Iniesta, el enano genio con la cara más común del mundo.
Qué cabrón y testarudo este nudo, que se resiste a abrirse o a permitirme sentirme mejor. Va a ser una noche difícil. Hermosa y veraniega, pero difícil, con Campeón ajeno, fiestas lejanas y el insufrible despertador de la vida cotidiana a punto de aturdirnos, dentro de doce o trece horas, con su estúpido “ring”.