higlesias

Juguetes rotos

Viernes 9 de Julio del 2010



De todos los días sin partidos que ha habido desde el comienzo del Mundial, hoy es el menos interesante. No nos queda ni la agitación o las burbujas de algún partido reciente ni sentimos anticipación o ansiedad por el partido de mañana, el menos interesante del torneo.

Estamos aquí, en el medio de la nada, acariciando nuestros recuerdos mundialistas, susurrándoles en el oído para que no nos abandonen. Que no nos dejen solos con nuestras vidas. Hace unos días fui al cine a ver Toy Story 3. Una de las ideas de la película es que nos cuesta abandonar nuestros juguetes porque sabemos que, en el mismo momento que lo hacemos, también estamos abandonando y dejando atrás una parte de nosotros mismos, nuestra niñez y nuestra inocencia. Obsesionado como estaba en aquel momento con el Mundial, para mí todas las metáforas de la película eran aplicables al futbol: sentí ahí mismo, en la sala oscura del enorme multicine de Brooklyn, rodeado de madres y niños y adolescentes que se reían y lloraban, que me iba a costar dejar atrás el Mundial, porque el Mundial me permite, de una manera extraña que no logro comprender del todo, volver a ser un poco niño. Es una sensación terrorífica y un poco humillante: el pánico a la obligación de volver a ser adultos. Por eso, la semana que viene, la primera semana post-Mundial, será una semana de melancolía y crecimiento, en la que deberé aprender a vivir sin mi juguete favorito.

Intento entonces, antes de ponerme demasiado serio o nervioso, excitarme con el partido del tercer puesto. La actitud habitual en la literatura mundialista, cuando llega el último sábado del torneo, es burlarse del partido entre los perdedores de las Semifinales; no prestarle ninguna atención, tratarlo como un capricho que la FIFA, más por inercia que por convencimiento, se niega a eliminar. En "El Libro de Oro de Argentina '78", uno de los primeros libros que leí en mi vida y uno de los que más vívidamente tengo incrustado en la memoria, el capítulo sobre el penúltimo partido tenía el siguiente título: "Brasil e Italia: Pequeña final sin interés". Jugaban nada menos que Brasil e Italia, pero aun así, para el editor del libro, el partido no tuvo ningún interés. Quizás porque empataron 0-0.

¿Qué hacer entonces con el partido por el tercer puesto? Creo que las opciones a mi disposición son las siguientes: una es adoptar la posición generosa y futbolera de dedicarle a Uruguay y Alemania el mayor entusiasmo posible y la misma atención que les dedicamos a los demás partidos, como si fuera el undécimo o duodécimo hijo de una familia numerosa al que queremos ofrecerle el mismo trato que les dimos a sus hermanos mayores. Resistir el cliché, por una cuestión de justicia: "Todos los partidos cuentan", diría mi pancarta si un día tuviera que ir a una manifestación callejera en defensa del partido por el tercer puesto. De todas maneras, también creo que hay razones futbolísticas para verlo: los últimos dos (que vi en directo, uno de ellos a las cinco de la mañana del invierno de Buenos Aires) han sido bastante buenos. Hakan Sukur metió en 2002 el gol más rápido en la historia del torneo, y el partido terminó 3-2 para Turquía contra Corea del Sur; en 2006, Schweinsteiger hizo dos golazos para el 3-1 de Alemania contra Portugal.

La otra opción es ignorarlo. No ver el partido, o mirarlo de reojo, mientras leemos el diario o un libro; o, mucho peor: ir y venir en la televisión desde el canal del partido hacia otro canal (una película, una serie o la herejía mayor: un "reality"), saltando entre ambos como si fueran equivalentes morales, formas de entretenimiento de similar envergadura simbólica. No deberíamos hacer esto copiando el desdén habitual del resto del mundo hacia el tercer puesto, sino con nuestro propio desdén original: castigar al Mundial por estar abandonándonos tan rápido, enrostrándole al torneo fugitivo que tenemos cosas mejores que hacer y sugiriéndole, aunque no lo creamos del todo, que nos hemos aburrido de él, que un mes y sesenta partidos de Mundial son suficientes.

Que no hay, en el fondo, diferencias sustanciales entre arrumbarnos sobre el sofá para ver Eslovenia-Nueva Zelanda que para ver un episodio de la cuarta temporada de "Weeds" o "The Wire". ¿Eso es de verdad lo que creo, que no hay diferencias entre el futbol y cualquier otra cosa que salga de la televisión, por más que sea tan buena como "The Wire"? Por supuesto que no: el futbol no es entretenimiento ni espectáculo; es mucho más que eso. (Alguien podría decir que "The Wire" tampoco es entretenimiento ni espectáculo, sino mucho más que eso, y también tendría razón.) Pero quizás lo que quiero es engañar al Mundial: hacerme el duro con él, esconderle mi confusión, que no sepa que me está dejando solo, en este mundo salvaje, sin mi juguete cuatrienal favorito.



Nota: Las columnas que se presentan en la sección Editorial de mediotiempo.com, son responsabilidad única de sus autores y no reflejan necesariamente la opinión periodística de Medio Tiempo.
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