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Revelaciones en un autobús chino
Domingo 4 de Julio del 2010
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El cantante británico Robbie Williams se quedó solo en su casa porque su novia, la actriz Ayda Field, no aguantó más las maratones de futbol. Ayda se fue a la casa de su madre y le dijo a Robbie que volvería después del Mundial. Algo parecido le pasó a Chris Martin, el líder de Coldplay: su mujer, Gywneth Paltrow, confesó que no puede entender cómo hace su marido para mirar tantos partidos. “Está obsesionado”, dicen que dijo, según las fuentes nunca del todo confiables de la prensa farandulera.
Mi mujer aguantó tres semanas y ahora decidió traerme a Boston, a visitar familia y amigos y pasar juntos el fin de semana largo. (Hoy es cuatro de julio, Día de la Independencia.) Así que aquí estoy, lejos de mi nido mundialista y lejos también del Mundial: hoy no hay partidos ni, después de la eliminación de Argentina, expectativas emotivas importantes. Veré los cuatro partidos que quedan como analista y como futbolero, porque no tendré mejores cosas que hacer y porque ver la Final del Mundial es obligatorio para todo varón latino orgulloso de su masculinidad. Pero ya no será lo mismo. Ni siquiera sé por quién hinchar, a qué equipo regalarle todas estas fichas de capital emotivo que me quedaron libres desde los goles de Klose y compañía.
Hoy es el primer día del resto de mi vida futbolera. Es un día de duelo, aturdimiento y, también, de condolencias: en este país extraño, que ignora el futbol durante cuatro años y de golpe se entusiasma (moderadamente) durante el Mundial, personas en Nueva York y aquí en Boston con las que nunca había hablado de futbol se me acercaron en estas horas y me dijeron, con el gesto grave aprendido en ocasiones fúnebres o viendo ocasiones fúnebres en películas: “Lo lamento mucho”. Yo, que he visto las mismas películas pero sé que no debo tomarme tan en serio las tragedias deportivas, intento una sonrisa amarga y respondo, con el menor dramatismo posible: “Muchas gracias. Maybe next time”.
Nos estamos acostumbrando demasiado (los argentinos) a decir lo mismo. Los mexicanos están obsesionados con su quinto partido (y lo estarán todavía más en 2014: no me gustaría estar en la piel de quien sea entrenador de México dentro de cuatro años) y los argentinos, obsesionados como estamos con llegar a la Final y ganarla, nos hemos pasado los últimos veinte años sin avanzar más allá de nuestro quinto partido. Veinte años en vida mundialistas es como cien años en vidas de perro: mucho tiempo. Veinte años en los que atacamos cada Mundial como si tuviéramos un derecho adquirido a participar de la conversación con los grandes-grandes del mundo. Nos arrimamos al grupo e interrumpimos la charla: “Cuidado con nosotros, que somos grandes de verdad y este año tenemos un equipo buenísimo”. El resto del mundo generalmente está de acuerdo: cuidado con los argentinos, nunca es bueno descartar a los argentinos, los argentinos son siempre favoritos. (Insertar suspiro.)
No me quiero enroscar demasiado ni usar esta columna como una válvula de escape para mi frustración: no lo merecen los lectores y no me lo recomienda mi analista (si tuviera uno), que prefiere verme desactivar mi bronca en soledad, antes de usarla como un arma de destrucción masiva contra quienes tengo a mi lado. Pero tengo que admitir que me frustra mucho la eliminación de Argentina, porque nos vamos del Mundial sin haber dado lo mejor de nosotros, y me frustra mucho también la fase inicial del debate post-Mundial que está asomando en la prensa y el “commentariat” de Buenos Aires, donde los “Dieguistas” creen que cualquier crítica al técnico es una traición a la patria y los excitados del otro lado creen que la única solución es cambiar absolutamente todo.
No tengo una opinión formada sobre si Diego tiene que seguir como entrenador. Creo que, en el duelo de entrenadores de ayer, Löw le ganó a Maradona por la misma cantidad de goles que Alemania le ganó a Argentina: entendió mucho mejor el partido, lo subestimó mucho menos (Diego subestimó a Alemania) y logró imbuir en cada uno de sus jugadores instrucciones más productivas y detalladas sobre su función en el campo. Los jugadores alemanes se mejoraban los unos a los otros; los argentinos apenas parecían comunicarse entre ellos. Pensándolo así, uno podría concluir que el ciclo de Diego en la Selección debería terminarse. El problema es que, si tengo que pensar un reemplazante, no se me ocurren nombres que realmente hagan una diferencia. Diego tiene contrato hasta la Copa América del año que viene: no me parecería mal que siguiera hasta entonces y darle la oportunidad de armar su propio equipo, porque este lo heredó de otro técnico hace apenas dos años.
Anoche tomé el autobús de los chinos, que cuesta sólo 15 dólares, para venir de Nueva York a Boston. Se me sentó al lado un biólogo chino de unos treinta años, vestido con un suéter de los New York Yankees y un pantalón corto del Real Madrid, que me vio leyendo en mi teléfono crónicas y lamentos sobre el partido de Argentina y me preguntó de dónde era. “En China mucha gente hincha por Argentina”, me dijo. No le creí, sobre todo porque no estaba de humor para creerle. “De verdad. Argentina e Italia son los países favoritos en China”. El biólogo chino después se quedó dormido y fue progresivamente desbordándose sobre mi asiento, abriendo las patas y conquistando con su brazo derecho el apoyabrazos que supuestamente dividía nuestros territorios. Yo dormí poco, pero cuando me desperté, tenía la cabeza del chino apoyada en mi hombro y roncando muy finamente, más un silbido que un ronquido.
Resoplé, un poco fastidiado por la escena pero también por la íntima revelación de que la vida cotidiana, la vida sin Mundial, es mucho más incómoda que la vida fantástica, la vida con Mundial: la vida que prácticamente se me terminó ayer (aún queda una semana de agonía) con cuatro goles alemanes y una Selección, la mía, sin ideas ni mediocampo.