higlesias

Las máscaras de Cristiano Ronaldo

Lunes 21 de Junio del 2010



Cristiano Ronaldo remata desde lejos y la pelota sale primero recta hacia al arco pero después desobedece, como envuelta en un tornado, hacia el córner y las primera filas de asientos. Las cámaras de la televisión muestran entonces un primer plano de Cristiano, que esboza una mueca incómoda, a mitad de camino entre la sonrisa resignada y la sonrisa histérica del psicópata. Lo mismo va a ocurrir dentro de diez minutos, dentro de veinte y dentro de treinta, cuando Ronaldo por fin logre meter un gol para su selección. El director de cámaras mostrará primeros planos del delantero portugués después de una jugada y, en cada uno de estos planos, el delantero portugués moverá los músculos de su cara de una forma muy extraña, como si estuviera incómodo o inquieto dentro de su propia piel o como si estuviera tan o más pendiente de enviarnos gestos a nosotros, los millones que lo miramos por televisión a miles de kilómetros de distancia, que a los compañeros y rivales con los que simula querer comunicarse.

Lo que reflejan estas tomas –los dientes brillantes, la piel lisa y aceituna mojada por la lluvia, el pelo perfecto (aun debajo de la lluvia), los ojos ligeramente titilantes y siempre muy abiertos– no es demasiado agradable, por lo menos no para mí, que llevo varios años intentando tener una buena opinión de Cristiano y no lo consigo. Lo veo sonreír y me parece que está haciendo un esfuerzo demasiado grande por agradar, o por no protestar demasiado, o por esconder ese temperamento de niño malcriado que tantos problemas le ha traído en estos años. Siento que Ronaldo quiere ser en el Mundial un jugador de equipo, pero lo veo retorcerse en una mueca de supuesta desazón comprensiva ante el mal pase de un compañero y sé que no le creo, porque sospecho que su impulso inicial fue protestar airadamente y sólo a último momento logró reprimirse. No tengo manera de saber si ha sido así, pero si ése es el caso, entonces sería un movimiento en la dirección correcta: querría decir que Cristiano por lo menos ha aprendido a no quejarse en público de los errores de su compañeros.

Al final del partido, vi un resumen con las mejores jugadas y específicamente busqué a Cristiano Ronaldo en las celebraciones de los primeros tres goles de Portugal (en los que no tuvo ninguna participación) y no lo encontré. Vi cómo Tiago lo abrazaba después del cuarto gol, agradeciéndole el pase y llamando con las manos a los demás portugueses, para que se sumaran al festejo, y vi también cómo nadie se acercaba. En ese momento me dio un poco de pena Cristiano, porque me pareció que la falta de química entre él y sus compañeros no era sólo futbolística (Portugal hoy jugó bien y metió mil goles, pero todavía no sabe bien cómo integrar a Cristiano a su circuito de juego), sino también personal. Y también me pareció posible que este tipo pueda sentirse un poco solo por las noches, cuando se le borra la sonrisa socarrona de los labios, abandona la rígida pose de superestrella y ya nadie le celebra haber pasado un fin de semana salvaje con Paris Hilton o esos tacazos en la mitad de cancha, sin rivales alrededor, que la televisión repite todo el tiempo pero que nosotros, los futboleros de toda la vida, sabemos que no sirven para nada.

Hago todos estos malabarismos argumentales porque quiero encontrar una manera de que Cristiano Ronaldo me caiga bien, en parte porque últimamente lo critica tanta gente que me han dado ganas de ponerme de su lado y en parte porque me genera intriga: me cuesta creer que un tipo pueda ser verdaderamente tan irritante y creído de sí mismo como aparenta ser Ronaldo el 90% del tiempo. Una de las pocas máximas periodísticas que obedezco siempre que puedo es una cita del periodista italiano Indro Montanelli, que dijo: “Cuando veas una caza de brujas, ponte del lado de la bruja”. Las burlas a Cristiano a veces tienen algo de caza de brujas y tienden a olvidarse de que debajo del traje de villano sigue habiendo un estupendo jugador de futbol. Además, creo que es interesante para el futbol mundial que exista un personaje como Cristiano, especialmente si puede funcionar en el techo del futbol mundial como contracara perfecta para Leo Messi: el tipo de las discotecas contra el pibe de familia; el tipo del cabello impecable contra el pibe del cabello malísimo; el tipo que sale bien en todas las fotos contra el pibe que, fuera de la cancha, es incapaz de salir bien en una foto. Los hinchas de futbol de estos años hemos sido bendecidos con un duelo generacional de estilos y personalidades que acaba de empezar y que, si Messi y Cristiano siguen en el Barcelona y el Real Madrid, nos puede traer una década entera de temporadas épicas: Barcelona contra Real Madrid, Luke Skywalker contra Darth Vader.

Además de Portugal, jugaron hoy los integrantes del Grupo H: España jugó bien y le ganó a Honduras en un partido que se anunciaba dramático, por la necesidad de ganar de los españoles, y al final no tuvo historia. España falló veinte goles, pero la blandita y decepcionante Honduras apenas y quiso poner en aprietos a Casillas. El partido fluyó con tranquilidad, casi como una música de fondo, mucho más apaciguado y suave al tacto que el encuentro anterior (Chile-Suiza), que sufrí casi como si fuera un fanático chileno. La culpa de esto no la tuvo sólo mi simpatía por Chile y por su entrenador, Marcelo Bielsa, sino también la desesperante falta de acierto de sus delanteros y su incomprensible incapacidad de serenar el partido y poner el resultado dentro de una caja fuerte. Suiza, que llevaba una hora jugando con un hombre menos, se envalentonó en los últimos minutos gracias al bullicio y el alboroto que imprime Chile a cada momento de cada uno de sus partidos, como si estuviera prohibido desacelerar a hacer más de dos pases horizontales consecutivos. Esta hiperactividad de los chilenos, reflejo de la personalidad y las instrucciones tácticas de Bielsa, estuvo a punto de permitirles a los suizos aprovechar el río revuelto y hacerse con la ganancia de los pescadores. Es cierto que a Chile le habría venido muy bien otro gol (para quedar mejor parado en la que seguramente será una definición muy apretada del grupo este viernes) pero también estoy seguro de que nueve de cada diez entrenadores (ó 31 de cada 32, en el caso de este Mundial) se habrían conformado en algún momento con el 1-0 y habrían hecho los cambios necesarios como para bloquear las intentonas (de todas maneras muy tímidas e inconsecuentes) de los suizos. Bielsa no, Bielsa mantuvo el mismo ritmo y la misma agitación que Chile había mostrado desde el minuto uno, con esa convicción (o terquedad, según el punto de vista) de la que ya hablé hace unos días y que, aún siendo o pareciendo errónea, equivocada o insensata, me produce admiración y perplejidad e incluso algo de ternura.



Nota: Las columnas que se presentan en la sección Editorial de mediotiempo.com, son responsabilidad única de sus autores y no reflejan necesariamente la opinión periodística de Medio Tiempo.
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